Doce dias

sábado, 19 de enero de 2008

Doce largos días es el tiempo que tengo que estar encerrada en esta celda. Doce días comiendo líquidos fríos. ¿Quién coño inventó esta tontería de operar las anginas a los adultos? Y por supuesto, ¿quién me mandaba a mí hacerle caso a la doctora sabelotodo y acceder a la operación?

Pues, ele, aquí me encuentro, medio drogada (ojala estuviera drogada del todo…) y con la garganta cosida. Sin poder tragar, sin poder hablar, y sin poder dormir. Es decir, sin poder hacer las tres cosas que más me gustan. Bueno, y sin poder… ya saben. Por no poder, no puedo ni lavarme los dientes a gusto. ¡Qué agonía, por Dios!

Pero, ¿saben qué? En estos días de profunda frustración y soledad es cuando una descubre a quién le importa de verdad. Os lo digo en serio; la gente a la que de verdad le preocupas se deja la piel por demostrártelo, y los que creías que iban a estar ahí ni se acuerdan. La vida da muchas vueltas, sí señor. Y muchas hostias, si me lo permiten. Hostias que no te esperas, que son las que más duelen.

Debería aprovechar estos días para estudiar para el examen de la última asignatura que me queda para licenciarme. Lo sé, es un último esfuerzo y ya está. Pero, joder, con el hambre que tengo y los vahídos que me dan de vez en cuando, prefiero pasarme el día tocándome los… sin hacer nada, vamos. Y ha sido así como me he dado cuenta de algo muy obvio, pero que se me había pasado de largo. Mientras releía por enésima vez los mensajes de móvil de estos días (cuando una está aburrida, está aburrida. Y si se encuentra sola, ya ni te cuento…) he visto que no he tenido noticias de una persona desde hace mucho. Es la persona que ha estado presente la mayor parte de mi vida, diecisiete años conmigo, nada menos. Y me he dado cuenta que ni siquiera he reparado en su ausencia, en su falta de preocupación en estos días. Ni siquiera me ha molestado que no me llamase, pues he comprendido que nuestra separación no ha sido radical, de un día para otro, sino que lleva dándose desde hace un par de años. Y yo sin enterarme, mira por dónde.

La realidad es que, por mucho que me puedan doler estas realidades (o hostias en toda la cara, como prefiráis), estos maravillosos – asquerosos- días he descubierto que tengo a mucha gente velando por mí, y espero que sea por mérito propio. Por lo tanto, no os desploméis ante la decadencia de vuestras (no)realidades perfectas, paradisíacos mundos de Yupi dónde la amistad eterna reina y no hay mal que arruine vuestros días, porque siempre habrá alguien que os sorprenda con un “hola, AMIGA, ¿cómo estás hoy?” sincero. Siempre lo habrá.