Tu padre te pide un favor: “¡Imprímeme estas fotos!”. Y tú dices: “Hay que reiniciar primero, que este cacharro lleva medio año encendido y no va a leer ni la tarjeta Travel, coñ…”. Y lo haces, reinicias. Vuelves al cabo de cinco minutos – porque no vas a estar mirando como se apaga y se enciende el niñito de la casa, ¿no? – y te llevas una grata sorpresa. Ah no, que no es grata, te llevas el peor de los disgustos, pero eso sí, en sorpresa, porque no te lo esperabas: ¡El ordenata no se enciende! Vaya, ya está, toda la pirula va a ser pá mí, que si “ya habrás andao…”, que si “voy a quitar esa mula de ahí”… patatín, patatán. Y a joderse. Un virus. Con el peazo de antivirus que estamos pagando, joder. Y viene un cabroncete de esos y me deja sin medio de expresión durante cuatro días. CUATRO!!! Ha sido como estar en una montaña a dos mil metros, sin radio, sin teléfono, sin televisor, y por supuesto, sin ordenador. Ha sido como estar atrapada en la nieve, pero sólo por las piernas; sabiendo que diez centímetros me separan de la realidad, y no pudiendo salir. De hecho, mi Patxi, que es mi portátil, funciona perfectamente, pero por alguna extraña razón no pude sincronizarlo a nuestra red wifi, que de repente parecía inexistente. Cosas raras, muy raras, pasan en esta casa.
Pero bueno, hoy es el gran día. He llegado a casa y me lo he encontrado aquí, como si nada hubiera pasado, al gran Caballero Negro, señor de los señores, con el inquebrantable sonido de su ventilador murmurando, por lo bajini, que él funciona cuando quiere. Ya te digo que sí. Te queremos, Caballero Negro, no pares nunca.
El calvario del blogger
martes, 12 de febrero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 COMENTARIOS. Se agradece.:
Publicar un comentario